Cuando hacemos una pregunta, casi siempre hay una respuesta
deseada, una respuesta perfecta, la repuesta ideal, la que nos gustaría
escuchar en ese preciso momento. La respuesta que parece haber sido incluso el
motivo de la pregunta. Como si la pregunta hubiera sido formulada pura y
exclusivamente para escuchar esa repuesta, que conocemos, que es segura y
certera, pero que casi nunca es la que obtenemos. La respuesta que queremos
escuchar, aquella por la cual preferimos que el otro sea complaciente y no sincero.
Una palabra, una oración, una fecha. Simple y clara. Ella esperaba una
respuesta, sabía qué quería escuchar, o mejor dicho leer. Sabía cuáles eran las
palabras que en ese momento le darían paz, la harían feliz, le evitarían la
soledad que la abrumaba todo el tiempo. Y entonces sacó su celular del bolsillo
trasero de su pantalón, comenzó a escribir un mensaje y formuló la pregunta.
Espero fingiendo no hacerse ilusiones y con el corazón alborotado ante la
probabilidad, por pequeña que fuera, de recibir aquella respuesta. Luego de algunos minutos, su teléfono vibró. La
esperanza aumentó en el breve instante en que se abría en mensaje. Su colectivo
se divisaba a menos de una cuadra. Leyó es mensaje con casi ganas de llorar.
Tomó su colectivo y trató de no pensar de regreso a casa. Sola.
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