martes, 14 de junio de 2016

Marco

Buscó la forma de leerlo una vez más. De leerlo a él a quién había conocido, con quién había compartido madrugadas enteras, de quién se había enamorado por primera vez… y todo a través de las palabras. A él que era su amor de niña, el primero en serio, el último de su inocencia. A él que era ahora tan lejano en cuerpo y tiempo compartido, pero siempre tan cercano en el recuerdo, el recuerdo de aquella empática alegría al encontrarlo tan parecido a sí misma en esencia, el recuerdo de las fantasías a cerca del amor de la primera juventud, el recuerdo del primer y único abrazo pedido, el recuerdo de los miles de abrazos posteriores. A él que estaba tan cerca en el recuerdo de la primera vez que se dieron la mano, y de todas las veces que caminaron así, unidos por la pequeña superficie de sus palmas, rodeando con los dedos la mano del otro, o con los dedos entrelazados. Quería leerlo a él porque eran sus palabras, y sólo las suyas las que le provocaban esa sensación tan extraña y placentera, esas ganas inmensas, pero secretas de haber sido musa de aquellas palabras. Perderse en su relatos, imaginarse juntos y buscar en su memoria, una vez más, por qué ese amor naciente nunca se había concretado, declarado, asumido. Supo que “era demasiado tarde”, que habían pasado mucho tiempo y muchas cosas desde la última vez que caminaron juntos sin ninguna otra preocupación que cómo acomodar la mano sobre el hombro o la cintura del otro. Se sintió triste y alegre al mismo tiempo, así como uno piensa que no puede sentirse hasta que realmente le sucede.
Había tres días que especialmente le gustaban de las últimas veces que se habían visto. Tres días que ella había guardado el su corazón, dejando que las memorias posteriores, esas que no era tan lindo recordar, se diluyeran entre los demás días de su vida, entre las cosas de lo cotidiano, entre lo que no tiene nada de especial como para ser archivado. Pensó en esos tres días que habían compartido juntos. Recordó lo que sintió a medida que pasaban las horas, se preguntó qué habría sentido él realmente. Quizá él también estaba disimulando su enamoramiento, pero también podía ser que no sintiera nada diferente a lo habría sentido en las mismas circunstancias con cualquier otra persona. Se imaginó luego como una imagen, un leve pensamiento, una ínfima percepción de alguien que los hubiera visto juntos en alguno de esos días favoritos; alguien que los hubiera cruzado, que los hubiera visto mirarse o abrazarse, incluso alguien que hubiera sentido envidia al verlos caminando de la mano. A los ojos de cualquiera, habían sido una pareja de enamorados.
Se sentó a leerlo, a leer aquello a lo que cualquiera tenía acceso pero que ella creía comprender de manera diferente. Se buscó a sí misma entre las palabras de él. Buscó indicios de su existencia en aquellos epígrafes, una oración que le dijera que efectivamente era a ella a quien se refería, algo que le diera la certeza de aquello tan poco probable. Sintió nostalgia por mucho, incluso por lo que no había pasado pero que ella había deseado y esperado que realmente sucediera. Pensó en aquel primer beso que nunca fue tacto, pero que había planeado detalladamente, de cual sabía todo pero que no llegó a ser real. Se preguntó si él también lo habría imaginado.
Sus caminos se habían separado, gente nueva había llenado las vacantes de amigo en cada una de sus vidas, habían adoptado complicidad con otras personas. Habían pasado horas de sus vidas junto a otros seres, perdiéndose el uno al otro.
Pero sin importar el tiempo o las personas que pasaran, sin importar las veces que tristemente tratara de olvidarlo, sin importar el daño que se hubieran provocado o el dolor que ella hubiera sentido al saber que se distanciaban, lo amaría por siempre. Porque lo recordaba en el parque, en una esquina, en una senda peatonal, en el bar al que él la había llevado y al que ella no había vuelto con nadie más.  Lo recordaba en una canción, en una palabra, en una idea, un objeto. Lo recordaba siempre y particularmente algunos días. Pensaba en él, incluso sin querer hacerlo, cada 14 de febrero. Porque aunque no le hubiera dicho jamás lo mucho que lo amaba y la forma en que lo hacía, aunque hubiera camuflado de amistad un sentimiento diferente  y mucho más profundo, aunque nunca lo hubiera besado y quizá ya nunca lo hiciera, él había enamorado su alma. Había algo en él que jamás encontró en ninguna otra persona, algo que no sabía qué era pero que la cautivaba desde siempre, un enigma que por mucho que lo deseara, sabía que no resolvería jamás.

Susurró “Feliz San Valentín” y esperó a que un hada se lo dijera a él al oído, y que él le dejara un mensaje en respuesta o simplemente sonriera y ya. Qué lindo que sería volver a ser motivo de su sonrisa…

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